Un sábado como cualquier otro
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Una semana mas había pasado, aquella mañana era un sábado soledado y precioso, pero a pesar de ello, no había nada como estar entre las sabanas, disfrutando de unas horas más de sueño. Se levantó como siempre antes que yo, subió las persianas, abrió la ventana dejando pasar una brisa suave y se dirigió a la mini-cadena introduciéndo el disco de cada sábado, la canción de siempre: la número uno. Mientras sonaba Carpe Diem en toda mi habitación, una sonrisa con forma de corazón (así solía definirla) se dibujaba en mi cara somnolienta. Aunque sonaba a gloria la música que escuchaba no me animaba a salir de la cama para ir a la iglesia, pero sabia que me encantaba ese despertar, tranquilo, pausado y bañado de besos:
-Va quédate un poco mas aquí conmigo, si total el sábado es para descansar.-Le suplicaba. -El sábado es para descansar encontrándose con Dios, yendo a la iglesia.-Me decía mientras entrelazaba sus dedos entre mi cabello, para despertarme del todo. -Sí, pero he tenido una semana de locos, me ha destrozado y ahora no puedo con mi alma.-Me quejaba como si tuviera 5 años. -Por eso mismo, te ha ayudado a superar una semana más, te ha acompañado a lo largo de seis días y ahora para uno que te pide que estés con El, ¿no vas a ir a su casa?.- Siempre tenia argumento para todo. -Está bien, tienes razón.- le di un beso de buenos días y a duras penas me levanté.
Como puede ser que tenga el valor de dirigirme a Dios para que me ayude en los momentos en los que no sé qué hacer con mi vida, en los que necesito un milagro para que mis sueños se cumplan, en lo que me siento perdida porque mis seres más queridos han pasado al descanso o en los que la soledad me invade en una desconocida ciudad. Como puede ser que El haya estado conmigo toda una semana, una semana en la que he dedicado mi tiempo en lo que he querido, en mis cosas, en mis caprichos, en mi trabajo, en mis amigos y tan poco tiempo a El, solo para pedir y pedir. Como puede ser que cada día el sol salga sin excepción, que mi corazón siga latiendo, que un débil aliento me permita respirar o simplemente tenga un propósito en la vida que me motive para levantarme cada día. Como puedes ser que, un día en el que El me pide que lo pasemos juntos, ahora, es cuando me vienen los peros y las excusas.
Lo peor de todo es que no soy consciente que la primera beneficiada soy yo. Error. El sábado no está hecho para agradar a Dios. Está hecho para calmar mi sed, no me doy cuenta que si no fuera por esos momentos en los que puedo parar, pensar, meditar en El y lo que hace por mi, no tendría esa relación con mi Dios que después me hace grande, me hace sentir viva. Cuando dejo de tener esa armonía interior donde mi ansiedad está a flor de piel o donde mis miedos salen a flote, es porque algo no anda bien. Me doy cuenta de mi insuficiencia y busco a Aquel que me da paz, que me hace sentir completa. Cada día es una lucha de aprendizaje en el que lamentarse no es una solución, sino una resistencia continua a dejarme ayudar por el único que puede ayudarme. Por eso, mi mejor arma en contra de la queja envenenada es la acción: orar, ayudar, compartir y asistir a la cita cada semana con mi Salvador.
Aprendí esto y muchas cosas más de su forma de ver la vida. Hoy, varios años después, recuerdo esta conversación como si fuera ayer y doy gracias a Dios por haberme puesto a alguien que con cariño y comprensión supo enseñarle a mi rebelde corazón. Pienso en los momentos en los que intento argumentar con mi otra Silvia para evitar hacer lo que se que debo y no quiero. Si, a veces me pasa como a Pablo en Romanos 7:19 ¿a ti no?