Un día más, un día menos
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Desde que tengo memoria y puedo echar atrás el tiempo en mi cabeza recuerdo que tal día como hoy, durante cada año acudía a este lugar para acompañar a mi familia en estos íntimos momentos. Solían ser días lluviosos y gélidos. Hoy sin embargo, vuelvo esta vez, y algo cambia, no es el cementerio en el que me encuentro pues todo sigue intacto, son los 26 grados que nos atacan por las espaldas donde radiantes rallos de sol se dejan entrever entre los cipreses típicos de cualquier necrópolis. Es el día de Todos los Santos.
Cuando vengo a este lugar cada 27 de marzo y cada 1 de noviembre, evoco aquel 9 de agosto cuando viví el día mas trágico de mi corta existencia, tan solo tenía 20 añitos y, aunque estaba bajo los efectos de fármacos varios, puedo recordar todos y cada uno de los momentos que aquel caluroso sábado de agosto viví. Sí, fue una muerte repentina, una muerte que nunca pensé que se daría, una muerte que nos encontró a todos por sorpresa, fue la muerte más dolorosa que he sufrido en mi vida. Recuerdo el abrazo, el apoyo incondicional y la atención que me diste tanto ese día como los posteriores. Sí, a ti, que soy consciente que lees esto, tú, tu fuiste esa persona que se ocupó de mi alma moribunda durante días, meses e incluso años, hasta que te marchaste. Dios pone a las personas correctas en la vida de otras para un fin, un propósito y quiero agradecerte, una vez más, que si no hubiera sido por ti hoy no sé donde me encontraría o ni siquiera seguiría viva. Hay cosas que nunca olvidaré y esta es una de ellas, por eso te quiero, te amo tanto. Gracias. Pero este no es un momento para ti, no, lo siento hoy no. Hoy mis palabras, mis letras van para ti, mi vida, mi corazón, mi tierna y amada yaya.
Pienso, siento, un escalofrío que recorre mi cuerpo al venir a este pueblo y pasar por delante del que fue tu hogar, mi hogar. Pienso, siento cada vez que me acerco al lugar donde se supone que algo queda de ti, donde una apática lápida tiene tu nombre y tu foto plasmada. Pienso, siento, aquel día que caminaba con los ojos nublados detrás de un coche fúnebre a 5 km/h trasportando tu cuerpo inerte y frío dentro de una caja de pino. Pienso, siento como va pasando el tiempo y continúo rememorando cada vez que vengo a este lugar aquel día cuando mi vida dio un vuelco y deje de sonreir como siempre lo hacia. Pienso, siento como nadie podía dejar de hacerme llorar, a pesar de toda la gente que vino allí dándote el ultimo adiós (era difícil no quererte) e intentaban consolarme. Pienso, siento que el día que yo deje este mundo quiero que mis cenizas sean esparcidas delante del árbol que hay en frente de tu nicho, donde al resucitar pueda cumplir mi mas anhelado sueño: volver a abrir los ojos sólo para ver de nuevo tu dulce rostro.
Hoy aún después de seis años, los momentos no se olvidan y todo me parece que fue ayer, vengo porque no quiero olvidarlo, vengo porque, a pesar de que es un rito en recuerdo y homenaje a los antepasados del cual no comparto en mi fe, sé que estarías orgullosa de mi y feliz de que lo haga, vengo porque sé que aunque duermas y no puedas ver nada, pues “Los muertos nada saben” (Eclesiastés 9:5) y “El polvo vuelve a la tierra de donde vino, y al aliento de vida vuelve a Dios que lo dio” (Eclesiastés 12:7), lo hago por ti. Y porque como siempre y una vez más, por ti haría cualquier cosa. Me pongo a pensar que pasará cuando tenga que recoger el relevo, cuando mi anfitriona y madre no este para poder acompañarme en estos tristes momentos. Y aunque es cierto que cuando venimos, ninguna de las dos habla una sola palabra, imperando el silencio como invitado protagonista, nuestros corazones están llorando por dentro al rememorar aquellas escenas. Escenas que solo nosotras sabemos, que solo nosotras sentimos.
Así que ahí estamos, esta vez con una variante, no son rosas rojas como siempre, que aunque no son amarillas (como mis preferidas), tengo que reconocer que son elegantes. Pero en esta ocasión mamá compró un híbrido de rojo con amarillo, que delante de ese cuadro donde me quedo horas mirando cada vez que voy queda hermoso, sobre todo, mientras dejo mi imaginación volar, ahí delante, de pie, absorta en mis pensamientos cuando venga la resurrección de los justos: “El mismo Señor descenderá del cielo con aclamación y los muertos en Cristo resucitaran primero (1 Tesalonicenses 4:16, 18).
Es difícil explicar o sentir esto cuando no has sufrido una gran pérdida en tu vida, pero todo mi ser se estremece cuando continúo imaginando la total transformación donde “en un instante, se tocará la trompeta y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados” (1 Corintios 15:51-53).
Llego al final de mi viaje por mis reflexiones concluyendo con el versículo que más sentido tiene para mi en todas las Sagradas Escrituras, mi versículo preferido, el que mande tallar en el frío mármol junto a su nombre “Dios secará todas las lagrimas de ellos, y ya no habrá más muerte, ni llanto, ni lamento, ni dolor, porque todo lo que antes existía ha dejado de existir” (Apocalipsis 21:4). Es aquí cuando acabo mi oración agradeciéndole a mi amante Salvador por haber pasado un día más en este antro de vida y un día menos para su gloriosa venida desde los cielos. Es ahí donde ella oirá la voz de Jesús llamándola a salir de la tumba, donde sentirá la fuerza de la vida eterna correr por su cuerpo inmortal, donde ningún hueso le dolerá y donde volverá a estar con todos nosotros y con él, su otro yo, su marido, la razón de su existir.
Ya queda menos, todos lo sabemos, solo espero estar preparada para ese momento.