Silvia Royo López Silvia Royo López

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Levantar paredes, levantar corazones

Levantar paredes, levantar corazones

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Nunca olvidaré los ojos de Evana. Una madre haitiana de cinco hijos, con una bebé recién nacida en brazos, mirándonos con una mezcla de incredulidad y gratitud. En un créole que ninguno entendíamos, pero que el corazón tradujo sin necesidad de palabras, sus labios decían: “Aleluya, gracias a Dios por traeros a nuestras vidas.”

Su casa, si podía llamarse así, estaba hecha de paredes de madera podrida, un techo de zinc agujereado y un suelo que alguna vez fue de cemento, pero que el tiempo y la pobreza habían devuelto a la tierra. Allí, la lluvia se colaba sin permiso y el calor apretaba sin compasión. Allí crecían sus cinco criaturas, aprendiendo demasiado pronto lo que significa sobrevivir.

Llegamos a la comunidad Nuevo Amanecer en Santiago, República Dominicana, un grupo de voluntarios con un mismo propósito: levantar una casa de madera para Montira y Evana, junto a sus niños. Éramos muchos: Amy con sus hijos, Yuiskaly, los jóvenes de TECHO | TETO que lideraban la construcción… y mis tres pequeños, que sin saberlo iban a vivir una experiencia que marcaría sus vidas.

Lo más bello fue ver cómo las diferencias desaparecían. Mi hijo Lucas que cavaba como loco la tierra para los cimientos junto a Mike, el mayor de los hermanos Merilus. Dos niños de mundos tan distintos, unidos en la misma lucha, sudando y riendo con la pala en la mano. Noa, mi pequeña de 5 años, ayudaba a cortar maderas que sostendrían el techo de zinc. Y Carmen, con su arte tan único, pintaba un cartel para dar la bienvenida al nuevo hogar. Y hasta hizo una jardinera con plantas para decorar la entrada!

En esas horas no hubo fronteras, ni desigualdades, ni idiomas distintos: solo humanidad. Éramos todos lo mismo, personas construyendo un pedazo de esperanza.

Con la ayuda de Invext, el family office al que pertenezco, pudimos llevar los recursos para hacer esto realidad. Pero lo que trajimos de vuelta no se mide en dinero ni en maderas ni en clavos. Venimos del mundo de la construcción, pero nunca imaginariamos lo que aprendimos alli. Fue una lección que mis hijos y yo nunca olvidaremos: se puede vivir con mucho menos, y aún así tener mucho más.

Porque la pobreza no es un problema ajeno, lejano o invisible. Es una realidad que nos interpela a todos. No podemos taparnos los ojos solo porque nacimos en la parte favorecida del mundo. No se trata de caridad, se trata de justicia.

Ese fin de semana en Nuevo Amanecer entendimos que la verdadera riqueza no está en lo que poseemos, sino en lo que somos capaces de dar. La familia Merilus recibió un techo digno, pero nosotros recibimos algo aún más grande: la certeza de que cada gesto cuenta, de que cada mano suma, de que cuando servimos, crecemos.

Y mientras la casa quedaba en pie, sencilla pero hermosa, pensé que tal vez este fue solo el comienzo. Quizás el año que viene seamos más los que nos unamos a levantar paredes, pero sobre todo, a levantar corazones. Repetimos?

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