El milagro de la vida
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No me gustan los niños. Bueno, rectifico. No me gustaban los niños.
Siempre he sido partidaria del otro bando: las personas mayores. Que aunque marcan ciertas similitudes con los nanos como el no poder valerse por sí mismos, la fragilidad que tienen o la vulnerabilidad a la que se someten, entre otros, mi gran debilidad han sido las personas de la tercera edad. Aunque mi percepción de los críos ha cambiado, sigo sintiendo lo mismo cada vez que veo un anciano cruzar la calle, pasear por el parque o sufrir en un hospital: compasión. Compasión, amor y, sobre todo, mucha mucha pena. Mi corazón llora y se lastima al ver, imaginar o pensar en ellos y sé que nunca dejará de ser sensible al respecto de este tópico. Pero hoy no es este el asunto protagonista. Hoy tomará toda mi atención él, mi primer sobrino, Alex.
Alex, me cambió la vida. Me cambió el pre-concepto natalicio de que un niño pudiera ser agraciado. Y el lo era. Desde la primera hora que nació lo fue. Guapo muy guapo, alegre y, sobre todo, cariñoso. Al verlo, algo dentro de mi se trasformó pues era sangre de mi sangre, algo que no se puede explicar con palabras, simplemente se puede sentir. No podía creer que ese ser tan pequeño pudiera formar parte de nuestra familia, ya que el bebé más joven que había en la casa era una servidora que nació en el 83 y que tenia ya el colmillo bastante duro. Ahora 25 años después existía un neonato en la familia, el juguete deseado por todos. Dios es grande y misericordioso, nos entregó el primero, pero no el último (de Pablo hablaremos otro día) para formar un equipo de futbol Primos Royito FC, los míos incluidos, pues gracias a esta criatura encendió en mi esa llamita que llaman instinto maternal y que nunca antes había sentido. Llegó, tarde pero llegó el deseo de querer tener pichichis como diría mi buen amigo Dey. Aprovecho para confesar que aunque prefiero una nena eso no será ningún inconveniente para formar parte de la plantilla futbolística, pues demostrado ha quedado.
Ahí estaba él, manifestándome el milagro de la vida que aunque es un hecho muy común, no puedo dejar de asombrarme de cómo Dios hace de un acto tan indecente un ser tan puro. Solo Dios podría crear un ser tan perfecto, con esas manos indefensas, esos ojos cerrados que no podían ver ni la luz, que no podía comer por si mismo, perfecto. Pies, corazón, boca. Perfecto. Es curioso como el hombre puede producir vida trayendo al mundo pequeñas criaturas y ese mismo hombre con el paso del tiempo deteriora a la especie. Y me da miedo, mucho miedo, el mundo al que ha aterrizado. Y no voy muy lejos, me pongo como ejemplo, me veo a mi misma, pues yo hace casi 27 años fui así, pura. Y ahora mis ojos han visto cosas que jamás deberían haber visto, mis manos han hecho cosas que jamás deberían de haber hecho, mis pies han ido a sitios que jamás tenían que haber ido, mis pensamiento se van tan lejos que ya no sé ni donde están. Todo va y viene, y soy de todo menos pura. Todo ha sido estropeado a causa de mi pecado. Pero gracias que hay una esperanza y una ilusión y mi mayor deseo es algún día poder contarle que hay buenas nuevas para él y para todo el que en El crea (Juan 3:15).
Esperanza e ilusión que hace que todo mi ser se llene de gozo y deleite cuando él busca mi compañía con un monosílabo onomatopéyico que debe significar algo así como “tía Silvia es la mejor del mundo”, cuando una sonrisa sale de esos labios puros al verme escondida para buscarme, cuando quiere beber de mi botella de agua “como los mayores”, cuando baila escuchando cualquier sonido musical, cuando estrecha mi mano para conciliar su sueño y se queda dormido transpirando en mi pecho, cuando toquitea mi Mac ¡temblad próxima generación tecnológica que Alex viene ya enseñado!
Tan solo ha pasado un año y medio, no solo ha cambiado mi vida, sino mi perspectiva maternal, mis deseos de estar con él cada viernes, mi necesidad de verlo reír al hacerme muntunet, mi anhelo por comprobar como se hace un hombre, mi sueño de verlo crecer en la fe, mi orgullo, mi sobrino.