Mis padres construyeron una compañía desde cero, sin estudios empresariales ni manuales
que les dijeran cómo hacerlo.
Nuestra generación llegó mucho más preparada académicamente. Pero con el tiempo
descubrimos que había cosas para las que ningún MBA nos había preparado.
Trabajar con tus padres. Tomar decisiones con tus hermanos. Separar una discusión
empresarial de una comida familiar. Encontrar tu espacio sin renunciar al legado. Hablar
de sucesión. Gestionar diferencias personales. Aprender cuándo defender una idea y cuándo
escuchar.
Y eso me ha enseñado que proteger una empresa familiar también significa proteger las
relaciones que existen detrás de ella.
Hoy la tercera generación empieza a crecer y tengo todavía más claro que no bastará con
prepararla para gestionar empresas. También tendremos que prepararla para gestionar
relaciones, emociones, responsabilidad y legado.