Silvia Royo López Silvia Royo López

Religión 3 min de lectura

No dejes para mañana...

No dejes para mañana...

No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy. Algunos me tachan de impaciente otros de responsable, sea como sea, es cierto que no me gusta dejar las cosas para otro momento, porque acabas por no hacerlas. Así que necesito compartir esto hoy, ahora. Porque hoy, una vez mas, la mano Divina ha estado presente en mi vida.

Hace un tiempo empecé un ayuno un tanto especial recomendado por un amigo, tan solo son 40 días y era el día 17 cuando leí acerca de Mateo 18:19. Todavía no había amanecido y como cada mañana me disponía a encontrarme con Dios. Era otro día más de angustia y preocupación, el día fatídico se iba acercando y mi ansiedad se veía reflejada en mi estado de ánimo. Ese día tocaba ayuno de internet (ya os decía que era un tanto especial) y requería oración continua, recomendando una cadena de oración. Así que me arme de valor y escogí a diez amigos para que oraran por mi. Es tan curioso que estemos tan dispuestos a manifestar felicidad y alegría por doquier, que cuando se trata de pedir el favor de que oren por ti, cuesta y mucho. Bueno a mi me costó, ¿será mi propio orgullo? será. Allí estaba yo, alejándome de las redes sociales por unos días y pidiendo a ciertas personas que oraran por mi para poder superar con éxito la prueba que se me venia encima. Dejé de lado mi orgullo y de inmediato me puse a pedir consuelo desconsolado a aquellos que sabia que no iban a fallarme intercediendo por mi. Y así fue.

Tan solo era un examen, lo sé, no era ni difícil ni extremadamente costoso de superar, pero era un examen que estaba acabando conmigo y con la confianza en mis capacidades que con tanto esfuerzo había conseguido en mis años de estudio universitario. Me sentía incapaz e inútil de conseguir salir victoriosa de una prueba que se me había atragantado hace meses y de la que conseguía hundirme cada vez que intentaba hacerle frente. Pero el milagro sucedió, la tranquilidad con la que llegue al lugar, la posibilidad de hacerlo en un despacho expresamente para mi o la facilidad con la que entendía y resolvía todas y cada una de las preguntas hizo que al acabar casi 5 horas después me sintiera exhausta pero satisfecha.

Mientras iba de camino a casa, solo quería gritar al mundo que lo había conseguido, necesitaba darle un abrazo al primero que encontrara, buscaba darle un beso a aquel que me mirara a los ojos. Lejos de la realidad, en una sociedad donde el espacio personal esta delimitado por una línea imaginaria que determina el espacio que no debe ser invadido por otras personas, tuve que contener mis emociones. Allí estaba yo, en el metro neoyorquino, ese sitio que se ha convertido en el mejor lugar para conversar con mi Salvador, tanto tiempo paso ahí y siempre en soledad donde intento aprovechar esos momentos y retomar mi conversación con Dios. Quería darle gracias. Gracias por todas y cada una de las bendiciones que me ha dado, gracias por la felicidad que desbordo, gracias por estar una vez más conmigo, gracias por la de gente que me quiere y que durante toda la semana, desde mi familia más cercana hasta mis amigos más queridos, han hecho que mi móvil echara humo, sms, notificaciones y mails han invadido mis cuentas y no puedo más que estar agradecida por todo el apoyo recibido. Gracias.

Entonces decidí expresar mi sentir y como dice mi buen amigo David, es cierto que utilizo mi pequeña habilidad de escribir como autoterapia, pues aunque no lo creáis soy de ciencias (¡y puras!), no de letras. Así que, aquí estoy una vez más con la necesidad de contaros mi experiencia. Aquí, ahora. Por un momento pensé que quizá mejor mañana o cuando sepa el resultado de la prueba al menos. Pero no. Mañana quizá sea demasiado tarde. Hoy y ahora es el momento. Pues yo soy de las que piensa no dejar para mañana lo que pueda hacer hoy.

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