Le llaman la Isla del Encanto
Era domingo y ese viaje esperado desde hacia más de 4 meses daba comienzo. Tras una larga cola de pasajeros ansiosos por embarcar rumbo a Philadelphia, al llegar mi turno me tope con una señora que de manera un poco picky solo le faltó preguntarme la talla de sujetador que usaba (debido al incidente ocurrido un día antes en Detroit), pero lo que mas me saco de mis casillas fue un “lo siento, usted no puede viajar sin saber el lugar en el que se va a quedar”. Por favor!! soy española, no voy a emigrar a Puerto Rico ni puedo llamar a las 4 de la mañana para que me den la dirección. Llame. No sabéis lo mal que me sentí, pero no había otra opción, todos dormían y nadie cogió el teléfono en el otro lado del Atlántico. Definitivamente, tras unos minutos de angustia mezclada con indignación lo intenté de nuevo y pude hacerme con mis chicas de Berrien que me solucionaron el problema.
Pasado el incidente aeropuertuario ,y tras unas cuantas horas de viaje acompañada de la serie “How i met your mother” y mi inseparable libro del viaje “Mil soles esplendidos” de Khaled Hossein, pude llegar a la Isla del Encanto. A pesar de no llegar mi maleta, allí estaba Liz, ready para unos días de descanso, placer gastronómico y alguna que otra risa. El clima, tropical. Calorcito, pero sin causar estragos, lluvia rebelde pero agradable al proceder de una España marcada por el gran frío polar, no visto desde hacia muchos años.
Sorullos de maiz, arañitas, tostones, mofongo con plátano maduro, bocadillos de pan criollo, mayokeptchup o el helado de maíz, fue algo que me dejó una marca grata e inolvidable, allá donde vaya siempre recordaré, lo bien que comí y los pocos pinos que planté (esto no es ninguna sorpresa). Cada día era todo un mundo por descubrir y cada cosa que probaba más me gustaba, incluso ese lugar remoto llamado Plátano Loco, donde en medio de la jungla pude descubrir, que aquella fruta que apenas podía oler en casa, me gustaba, cocinada, verde, amarillo o como estuviera preparada. Mi madre se sentirá orgullosa de esto o cabreada porque en casa no lo como, ¡vete tu a saber!
Si hay algo que cambiaría de Mayagüez (ciudad en la que me alojaba al oeste de Puerto Rico) fueron sus curvas serpenteantes, que a pesar de que dibujaban un marco encantador y precioso en una selva cada vez mas sorprendente por su paz y tranquilidad , sus consecuencias hicieron estragos en mi estómago y los mareos correspondientes. Un tanto paradójico, pero valió la pena y si no hubiera sido por ello, quizá esa magia silvestre escondida entre la montaña, dificil de acceder pero preciosa, no hubiera existido. Un lugar precioso. Desde Cabo Rojo, Ponce, Arecibo o las irresistibles cuevas de Camuy que no pudimos visitar hasta cada municipio del oeste de este Estado Libre Asociado era un lugar digno de admirar.
La gente del lugar muy amable me trataba, al delatarme mi acento y darse cuenta de que procedía (con cé) de España, no tenían rencor por los antiguos colonizadores y con humildad y cierta sonrisa se quedaban maravillados, lanzaban un grasias y felisidades para todo (quizá porque estábamos en navidad), pero a mi no dejaba de sorprenderme que me felicitaran al comprar algo. Puerto Rico me hizo recordar la España de hace 30 años, y no es porque yo llegara a conocerla (aun no soy tan vieja), pero sus edificios, sus vidas, todo lo relacionado con la idiosincrasia del lugar me hizo teletrasportarme a esas imágenes que nunca vivi pero que sí que vi en “Cuéntame como pasó” y todo sigue igual como si no hubiera avanzado mucho desde que los americanos la conquistaran y echaran a patadas a los españoles.
En definitiva, ha sido un viaje, lejos de la civilización, con un déficit tecnológico grave para mi enfermedad adictiva, un lugar para descansar, pensar y analizar, noches cinéfilas, pentecostales chillando como locos, playas paradisíacas y, sobre todo, para darle unos sorbos a la vida, disfrutándola como los frappés brasileños (si, si en Puerto Rico) para chuparse los dedos, o como diria Liz: ¡orgásmicos!
Me gustó el arte boricuo, nuestro perrito Sherlock, el pulguero, su comida, la gente del lugar, la música parrandera, la fabrica Bacardi, El Morro de San Juan.. me enamoró Puerto Rico.