La historia de mi conversión
“Yo quiero sentir lo que él siente, yo quiero disfrutar con lo que él disfruta” decía estas palabras cuando apenas tenia 15 años dándome cuenta que el camino que había elegido para mi vida no era el que un día futuro quería tener. Mientras hablaba con mi querido amigo pasaron noches enteras explicándole mis sueños y anhelos. Dos personas que no solo eran hermanas, sino que ademas compartían el mejor de los amigos. Ahí estaba yo filosofando con Jorge sobre la vida, diciéndole que quería tener esa sed de Dios y sentir todo lo que mi hermano sentía, porque había algo diferente en él.
Todos hemos tenido un modelo a seguir o alguien en quien nos gustaría convertirnos. Para mi, esa persona fue mi hermano. Yo había crecido en un hogar cristiano pero no quería saber nada de Dios. Recuerdo tardes enteras desperdiciadas con personas que apenas me nublaban la vista mientras que cada día me suplicaba que fuera con él a la iglesia. Por no hablar de aquella madrugada de verano, con su grito desesperado cuando vino a recogerme tras unos arbustos, ya que apenas podía moverme fruto de mis locuras de adolescente. Me pregunto que hubiera sido de mi si no hubiera hubiera estado ahí. Pero estuvo. Luchando por mi, teniendo fe y confiando en una hermana rebelde e indomable.
Transcurrieron los días y, seguro que tras muchas oraciones, aquel amigo junto con mi hermano consiguieron que acudiera a reuniones donde, aunque se hablaba de un Dios que no quería ver ni en pintura, se estudiaban temas que al menos me interesaban: profecía. Había crecido sabiendo sobre la historia de este mundo y lo que vendría. Entendía que este planeta era finito y anhelaba un cambio radical en mi vida, pues sabia lo que tenia que hacer pero no quería hacerlo. Sin embargo, yo no tuve la experiencia del ladrón en la cruz con una conversión instantánea. A mi, personalmente, el espíritu de Dios me costó dejarlo entrar. Puesto que soy de ideas fijas y un tanto obstinada, tuve que luchar por cambiar totalmente mi vida y recuerdo que no fue nada fácil. Cuando las memorias del pasado llegaban y acariciaban mis débiles tentaciones, era entonces cuando pensaba en mi hermano y en su vida llena de felicidad. Ahora tenía mi objetivo en la vida y nada ni nadie me iba a parar hasta conseguirlo.
Y lo consegui. Diez meses después, estaba sumergida en las aguas donde dejé mi vieja Silvia y nació una nueva, llena de gozo y esperanza. Tan solo tenía 17 años. Simplemente es inexplicable, como se ve la vida cuando decides entregarla a Cristo. Pero entonces llegó de nuevo uno de sus sabios consejos, dejándome fría como el mármol: “Ahora es cuando viene lo mas difícil”. ¿Más? ¿No fue suficiente aquellas tardes de continencia cuando solo quería salir con mis desaconsejables amigos? ¿No fue terriblemente duro comprobar que quienes decían ser mis colegas, no lo eran tanto? ¿Acaso no había hecho ya bastante cambiando totalmente mi estilo de vida? No entendía nada en aquel entonces. No obstante, hace unos días se cumplieron 11 años de aquel consejo y es hoy cuando puedo entender más que nunca las palabras inteligentes de mi hermano. Cuando llega la situación en la que se me olvida por qué un día entregué mi vida a Cristo, vienen a mi memoria aquellos maravillosos momentos de adolescencia cuando pasábamos tardes enteras entre amigos imaginando la Venida de Cristo con Biblias en mano. Tristemente hoy, muchos de aquellos muchachos ya no pensamos igual que antaño y me pregunto ¿que estoy haciendo yo al respecto? Claramente, nada.
Pero hay una buena noticia: aún estamos a tiempo de ganar almas para el Señor. Una corona nos será dada y cada persona en cuya salvación intervinieron, añadirá estrellas a su corona de gloria (2 Ti. 4:8). Santi al menos tendrá una estrella en la suya: la mía. ¿Qué pasará conmigo, habrá estrellas en mi corona? Me planteo que hago con mi vida para inspirar a otros o si soy un ejemplo al cual seguir. Me impacienta el hecho de tener que llegar al Cielo para saberlo, mientras tanto lucho cada día por conseguir mi objetivo y evitar el peligro de ser piedra de tropiezo para otros (Lucas 17:1-2). Y esta, amigos mios, es la historia de mi conversión.