Silvia Royo López Silvia Royo López

Religión 3 min de lectura

Dios siempre me ha hablado

Dios siempre me ha hablado

Susurro lejano casi imperceptible. Presencia ausente. Añoranza extraña. Recuerdo agradable. Pero no estas ¿o si? Tímida voz queriendo entrar en un corazón dañado. Sentimientos encontrados, conversaciones en la madrugada. Te busco y no te encuentro. Te escondes o quizá simplemente callas. Viéndome, contemplándome. Dios ya no me habla.

-Te quiero mucho ¿sabes? -Si lo se. Gracias. - Decías tras una sonrisa escondida. -Pero tengo que decirte algo. -¡Uy! ¿qué he hecho que te ha molestado? -Nada, solo que esperaba una amistad diferente. Tengo muchos amigos, de todos los sitios, de muchos lugares, pero ninguno con el que pueda orar, encontrarme con Dios. Pensaba que tu que crees lo mismo que yo...

Silencio perdido.

Mientras veo sus mejillas sonrojarse percibo que quizá le haya molestado mi comentario: -Vaya, nunca me habían dicho algo así. Pensé que tus temas de conversación siempre era el fútbol, los chistes verdes o cualquier noticia del momento.

  • Ya pero eso lo puedo hacer con cualquier persona. Elige uno -le digo mientras le enseño mi agenda del móvil- el que quieras. Pensaba que contigo seria diferente. -Tienes razón. ¿Quieres que oremos? Podemos estudiar la Biblia cada noche, podemos empezar a ver nuestra colección de pelis, o quizá,... -¡Si! lo necesito. Siento a Dios tan distante...

He aprendido mucho desde entonces, ya no soy quien era aquel día. Personas entran en nuestras vidas que nos ayudan, que nos animan, que te sonríen, que te levantan, que se preocupan. Situaciones que te curten, que te hacen fuerte, que aunque temporalmente te destrozan, con el paso del tiempo te hacen grandes. Hoy ya no estas tú, pero están otros. Y continúan haciéndolo, porque para eso estamos aquí, para ayudarnos. Que importante es estar en el momento preciso, en el lugar correcto. Dios quizá me estuviera hablando.

En mi soledad lejos de mi casa pretendo hallarte, pero no te siento. Quiero recordar aquellos momentos por los que un día suspiraba. Cada mañana te busco con el deseo de escuchar tu corazón palpitante en mi espalda, fruto de un un abrazo que me traspasa. Me he alejado poco a poco y ahora quiero correr rápido a tu encuentro. Siento que es tarde, pero empieza a amanecer y la luz entra por mi ventana. Estas ahí. Me has regalado un día mas, una bonita sonrisa se dibuja en mis labios. Veo que respiro y recuerdo una a una el sin fin de bendiciones que me has otorgado. Pero vuelvo a tener un triste y solitario despertar. Ya no está esa voz amiga que me dice hizo apreciar lo que has hecho por mi. ¿Qué más da? La esencia, los importante, eso sí que está. Están tus manos traspasadas, extendidas allí en una cruz clavada. Están todas las cosas que has creado para mi. Están tus heridas en los pies, fruto de mi pecado y rebelión. Pero lo más bonito de todo es que has venido a buscarme, quieres alegrar mi corazón cada día, buscas cada momento para captar mi atención y eso, eso, es lo más importante. No mas mañanas ausentes. Dios ya me habla.

Lo siento de nuevo. Has vuelto. Siento tu calor, tu abrazo. No más silencios. Has venido a mi encuentro. Un aliento más para empezar el nuevo día. Gracias. Sé que si no fuera por ti, hoy, yo no estaría aquí. No te separes nunca de mi. Te necesito. Vuelve pronto pero, esta vez, para quedarte. Dios siempre me ha hablado.

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